La leche es un alimento con un perfil nutricional bueno ya que contiene proteínas de alto valor biológico y digestibilidad, así como lípidos, hidratos de carbono y vitaminas y minerales como el calcio y el fósforo.
Las raciones de lácteos, especialmente durante la infancia, tienen un gran valor nutricional. Sin embargo, al igual que ocurre con cualquier grupo de alimentos, no es imprescindible para la supervivencia y puede estar asociada al desarrollo de algunas patologías.
Como en otros artículos nos dedicamos de forma extensa a la alergia a proteínas de leche de vaca, en este caso nos ocuparemos de otras patologías relacionadas con la ingesta de leche.
Las zoonosis son enfermedades infecciosas que pasan de los animales a los humanos. Se conocen más de 200 zoonosis a nivel mundial. En la actualidad, estamos sensibilizados con este tipo de patología puesto que la covid-19 es precisamente una zoonosis que ha originado una pandemia mundial.
Existen algunas enfermedades como la tuberculosis bovina o la brucelosis que pueden ser transmitidas desde el animal enfermo hasta los humanos a través de la leche.
Otro tipo de infecciones se producen cuando la leche, una vez ordeñada es colonizada por bacterias u otros microorganismos como por ejemplo Salmonella, E. coli, Campylobacter o Listeria. Es por ello que se recomienda consumir siempre leche pasteurizada, proceso térmico que elimina el crecimiento bacteriano que puede existir en la leche cruda. Estas infecciones son más preocupantes en el caso de personas inmunodeprimidas, niños y mujeres embarazadas.
El cuadro clínico desarrollado por cada una de estas entidades así como el antecedente de contacto con animales o con el consumo de leche cruda nos pondrán en la línea de llegar al diagnóstico.
Otra patología relacionada con la ingesta de leche es la galactosemia, un trastorno metabólico hereditario que provoca la incapacidad para metabolizar la galactosa que proviene de la lactosa. Puede afectar a 1 de cada 60.000 recién nacidos vivos.
Aunque existen 3 déficits enzimáticos hereditarios asociados a la galactosemia, el más frecuente y el que origina la galactosemia clásica es el déficit de galactosa-1-fosfato uridiltransferasa (GALT). Los síntomas de esta patología están causados por el acúmulo de los metabolitos galactitol y galactonato en los diferentes órganos y tejidos.
Existen diferentes formas de presentación clínica. La forma aguda típica se produce en el periodo neonatal tras las primeras tomas de leche. Presenta vómitos, rechazo de las tomas, estancamiento de peso y depresión neurológica. Se asocia disfunción hepática con síntomas como ictericia, hepatomegalia y ascitis, así como afectación renal. Puede observarse una catarata nuclear por acúmulo del metabolito en el cristalino con la lámpara de hendidura.
Otras formas de presentación tienen una evolución crónica con retraso en el crecimiento y trastornos digestivos, hepáticos y renales, así como un daño cerebral progresivo.
En el tratamiento debe eliminarse la galactosa de la dieta. En el recién nacido se empleará una fórmula elemental o una fórmula de soja. En principio no están indicadas las fórmulas con hidrolizados de proteínas porque pueden contener lactosa.
La intolerancia a la lactosa es una malabsorción de hidratos de carbono que puede producirse de forma primaria o secundaria a infecciones o alteraciones de la membrana de la luz intestinal en diferentes enfermedades. La intolerancia primaria suele desarrollarse de forma progresiva durante la infancia o en la vida adulta, y en la zona de Europa mediterránea afecta al 20% de la población.
La lactosa es el principal hidrato de carbono presente en la leche y sus derivados. Es un disacárido formado por glucosa y galactosa, que precisará un enzima llamado lactasa para su digestión en el borde en cepillo de la vellosidad intestinal para su posterior absorción por el enterocito.
El cuadro clínico dependerá de la edad de la persona con intolerancia así como de la cantidad ingerida, y del grado de alteración del proceso de digestión del disacárido. En niños pequeños suele presentarse como diarrea ácida explosiva que cursa con distensión y dolor abdominal. La acidez de las deposiciones suele ocasionar eritema en la zona del pañal. El dolor abdominal es cólico por aumento del meteorismo y el peristaltismo. En casos más intensos y duraderos, comporta una disminución de la absorción de grasas y otros nutrientes, que puede conllevar retraso de crecimiento y malnutrición.
En niños mayores y adultos, puede cursar únicamente con dolor abdominal recurrente tras la ingesta del lácteo, acompañado o no de diarrea.
Los síntomas suelen iniciarse entre 30 y 60 minutos tras la ingesta por lo que suele establecerse la relación causa-efecto.
El diagnóstico de esta patología relacionada con la ingesta de leche se basa en la sospecha clínica, de la relación entre la ingesta alimentaria y los síntomas y la normalización de los síntomas al retirar los lácteos de la dieta. Apoya el diagnóstico la determinación del pH fecal y la presencia de cuerpos reductores en heces.
La prueba diagnóstica más utilizada es el test de hidrógeno en aire aspirado, tras la ingesta de una solución con lactosa. La medición del hidrógeno incrementada es resultado de la fermentación en el colon de la lactosa no absorbida.
El tratamiento consiste en retirar los lácteos de la alimentación, de forma parcial o completa. Una alternativa para evitar el consumo de lácteos -importante en lactantes- es utilizar leche sin lactosa.
En el caso de intolerancia a la lactosa secundaria, por ejemplo tras una diarrea aguda o una ingesta de antibióticos, la recuperación de la mucosa intestinal pasados unos días, suele comportar una progresiva reintroducción de la lactosa en la dieta sin problemas.
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